Las Transformaciones más terroríficas del cine.

Imposible acabar la semana más terrorífica del año sin hablar del plato estrella en toda película de terror que se precie: la escena de la transformación. Ese momento de la película en el que el protagonista o el villano pasan por una suerte de atroces dolores mientras su cara se deforma, sus huesos comienzan a crecer en todas direcciones, dientes y pelo asoman donde no deberían, y no pocas veces una aterrorizada protagonista observa inexplicablemente paralizada todo el terrorífico proceso, en lugar de salir corriendo mientras la criatura aún deforme no ha adquirido  una anatomía que le permita correr tras ella. Momentos que nos trasladan a épocas un tanto lejanas, eras pre-digitales que recordamos muchas veces con nostalgía y en las que todo se solucionaba con toneladas de látex y mucho stop-motion.



Un Hombre Lobo Americano en Londres (John Landis, 1981): Antológica escena de transformación en la que John Landis nos da una clase magistral de cómo dar forma a un licántropo frente al espejo del baño, en una época en la que el procesador digital más avanzado solo podía mover el Donkey Kong. Vista hoy día, seguramente despierta simpatía, gracia y quizá un poco de miedo a algún niño, pero aún así deja en evidencia por su creatividad y transgresión a versiones posteriores con muchas más posibilidades, en especial el último hombre-lobo de Benicio del Toro.


La Mosca (David Cronenberg, 1986): Incursión en el terror fantástico de este genial e inclasificable director canadiense. Realmente la transformación de Jeff Goldblum en un gigantesco y deforme díptero dura toda la película, pero está tan bien llevada que consigue que el producto no resulte cómico por lo excesivo de su planteamiento sino que su buena factura y un soberbio Goldblum consiguen hacerlo trágico y terrorífico. Definitivamente echamos de menos los experimentos de David Cronenberg en el fantástico.


Aullidos (Joe Dante, 1981): Fue el año de los hombres lobo. Esta más que notable escena de transformación no obtuvo el reconocimiento que quizá merecía por su nivel técnico por coincidir en el tiempo con Un Hombre Lobo Americano en Londres, la cual causó sensación, pero no podemos pasarla por alto. En este caso el cambio lleva tanto tiempo, que a la aterrorizada espectadora, bien le habría dado tiempo a sobreponerse del susto inicial, fabricarse unas balas de plata y hacerse con un revólver para darle lo suyo al monstruo mientras su cabeza se hincha y deshincha como un globo. La luna debía estar ya en cuarto menguante cuando la transformación hubo concluído.


En Compañía de Lobos (Neil Jordan, 1984): Neil Jordan también nos ha dejado notables películas del género (Entrevista con el Vampiro, Byzantium), y en esta ocasión introdujo un elemento nuevo, otra vuelta de tuerca más a la transformación. El animal que todos llevamos dentro se toma aquí de manera literal, y más que un cambio en la anatomía del humano hacia un pariente lobuno, lo que ocurre es que el sujeto deja salir del interior de su cuerpo a un lobo más o menos cocinado, como una serpiente que abandona la piel para decidir ser de día un ciudadano ejemplar y por la noche un demoníaco monstruo.


La Cosa (John Carpenter, 1982): En este caso no es que el humano se transforme en otro ser del Reino Animal. Directamente, el ente es tan inclasificable, que se llama La Cosa, y el modelo de transformación es tan traumático que del huésped no queda otra cosa que su recuerdo, se desintegra como una cápsula desperdigando esporas alienígenas. Kurt Russel intenta convertirlo todo en churrasco mientras el látex y la electrónica llegan a uno de los clímax del mundo del cine fantástico de la mano de John Carpener.