30 de mayo de 2015

A caballo y armadura

Proseguimos nuestro bélico recorrido donde lo dejamos, en la Roma de Espartaco, y  ya que las películas de romanos constituyen un género en si mismo tanto por cantidad como por calidad, daremos un pequeño salto con nuestra máquina del tiempo particular. Obviaremos todos esos míticos "peplum", que merecerán una atención explícita y nos adentraremos en los años oscuros de la Edad Media, donde el cine se ha prodigado mucho, pero no son tan destacables las escenas puramente de batallas. No sé porqué motivo, tenemos un amplio repertorio de batallas de la Clásicas, y otro enorme botín cinematográfico acerca de los conflictos del siglo XX. Estas son, sin ningún criterio ni rigor, las que me vienen a la memoria desde la caída del Imperio Romano hasta la aparición de la pólvora.



Excalibur (John Boorman,1981), Realmente no es una batalla propiamente... pero nos tomamos la licencia porque merece la pena por varias razones. Esta versión de los hechos de Rey Arturo tiene vocación de blockbuster pero se convierte en una especie de rareza, con una atmósfera muy sugestiva marca de John Boorman. Es una película sobre épica medieval completamente fuera de contexto, porque pertenece a una época en la que nos se rodaban películas así. El cine de armaduras se debatía entre las acrobacias de Burt Lancaster en El Halcón y la Flecha (Jacques Tourneur, 1950), o el melodrama de Charlton Heston en El Cid (Anthony Mann, 1961). Y en esta versión destaca además, un diseño de producción con las más elaboradas armaduras que se recuerdan en el cine, muy por encima de otras actuales con más medios y en plena Edad de Oro de la épica medieval-fantástica.


Batalla de Agincurt: Enrique V (Kenneth Branagh, 1989) La batalla fue, más que un episodio de gloria militar, una escabechina de franceses por parte de los arqueros ingleses armados con longbows, de tales dimensiones, que cuesta darla por cierta. Uno tiene que indagar en diferentes fuentes, amigas y enemigas, para acabar aceptando que realmente tuvo lugar semejante aniquilamiento por parte de unos pocos, esa inexplicable conducta que llevó a miles de seres humanos a arrojarse una y otra vez contra un enemigo, de manera irracional y encontrando siempre el mismo resultado... la aniquilación de una generación entera de caballeros franceses.


Batalla de los Cuernos de Hattin: El Reino de los Cielos (Ridley Scott, 2005) Y esta es otra película del maestro Scott, injustamente infravalorada  ¿por qué? puede que se acercara demasiado pronto a las películas de espadas despues de haber reinventado el género con Gladiator, pero el caso es que la película tiene todos los ingredientes de una buena película de aventuras. Y entre ellos, me quedo con dos: la llegada del abigarrado ejército  de Jerusalén apareciendo en el horizonte, Vera Cruz incluida, y la Batalla de los Cuernos de Hattin, donde el genio militar de Saladino, mitad estratega  mitad psicólogo tiende una trampa perfecta al ejército cruzado, tan sobrado de orgullo como falto de táctica, y el resultado directo fue su aniquilación y posterior pérdida de Jerusalén.


Batalla de Stirling: Braveheart (Mel Gibson, 1995): La escena del discurso de Mel Gibson montado a caballo arengando a las tropas ha sido repetida tantas veces que ha terminado por eclipsar a la propia batalla a la que servía de introducción. Y ésta guarda unas memorables cargas de caballería pesada y una de las últimas concentraciones masivas de extras, previas a la aparición de los planos digitales.

                                         

Batalla de Rocroi: Alatriste (Agustín Diaz Yanes, 2006): Tenemos buenos guiones (nuestra tradición de literatos es inagotable), tenemos historias que contar (este país tiene a cientos, historias donde se mezclan por igual la gloria militar y la miseria humana, de esas que tan bien se adaptan al cine). Tenemos los personajes y los actores (en este caso Viggo Mortensen ni más ni menos). Pero no tenemos el más mínimo sentido del espectáculo, con mayúsculas. Cuando las secuencias se hacen grandes, cuando los planos se abren para mostrarnos las panorámicas de un campo de batalla, su intensidad, y esperamos con el ánimo ansioso a que nos sobrecojan... Entonces nos encontramos una y otra vez con una alarmante pobreza visual, una falta de recursos o un complejo no poder hacer una películas espectacular a gran escala. Sirva esta muestra para preguntarnos qué harían, por ejemplo, los Scott o Zack Snyder si pudiesen contar como propia la historia de los Tercios, avanzando incontenibles por toda Europa... Nada, que no se ha rodado la película épica española definitiva. Creo que Álex de la Iglesia sería capaz de tener visiones de ese tamaño... lo malo es que por el camino, se tome demasiado en serio a si mismo.


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