12 de mayo de 2015

El Puente de Casandra o... ¡vamos que nos matamos!



Cartel promocional
Recientemente recuperé de algún rincón de mi cabeza la película “El Puente de Casandra” (1976). Como siempre que uno vuelve a ver películas u otros productos audiovisuales que uno conserva de su niñez el resultado suele ser algo distinto a lo que fue, seguramente porque hemos perdido imaginación, frescura, capacidad de sorprendernos, o lo que sea… El asunto es que aquella película “terrorífica” que me tuvo pegado al sofá hoy no podía menos que verla con una medio sonrisa en la cara asombrándome de cómo ha evolucionado (o involucionado) el cine hoy día y lo pueriles que resultan ahora algunos argumentos e interpretaciones de antaño dioses y diosas de Hollywood.

[Cuidado: este artículo puede desvelar partes de la trama de esta película.]

Podemos encuadrar a esta película en el período de declive del cine de catástrofes. Una coproducción de, entre otros, Alemania del Este (¡Sí, del este! ¿Alguien recuerda ese país?) en donde con amplias dosis de imaginación y de tijera montaron un singular espectáculo con alrededor de 3 millones de dólares de presupuesto. Una nonada para aquel entonces. Como dato comparativo decir que “El Coloso en llamas (1974) había costado 14 millones de dólares.

Imagino que Cosmatos, director y guionista, debió gastar casi todo en tomas aéreas porque de aquella el uso de drones era impensable y es verdad que hay un esfuerzo logístico importante en las numerosas escenas de grabación desde helicópteros. Tal es así que en los títulos de crédito la empresa que pilotaba esas naves tuvo una apariencia destacada.

El plantel de actores está infladísimo, hay verdaderas joyas del celuloide, algunas es verdad que han perdido lustro porque la edad no perdona, véase Ava Gardner o Burt Lancaster (Siempre que lo veo no puedo evitar acordarme del genial Brut Kanlaster de Superlópez, ¡bravo Jan!) Sophia Loren aún aguanta el tipo, ¡o el tipazo! Y Martin Sheen es un pipiolín que para nada se imaginaba ser el gran jefe del Ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006).

La trama tiene su gracia: unos ecologistas radicales (hoy podíamos pensar en alguna especie del 15-M o de Podemos) durante un atentado se contagian de un virus mortal. En su huída, se suben a un tren con variopintos pasajeros y la lían parda.

Las interpretaciones son de otra época, está claro. A Burt Lancaster parece que le encerraron entre cuatro paredes, le dijeron que pegara gritos a la doctora nórdica, al teléfono y a su subalterno. ¡y que no se mueva de ahí! El hombre mira mal, piensa, vuelve a mirar mal, frunce el ceño, vuelve a mirar mal, toma una decisión, vuelve a mirar mal,… ¡un genio!

Richard Harris también tiene su aquel: interpreta a un doctor algo déspota que lo mismo te pone un termómetro que te pone una bomba en un vagón, se enfrenta a locos con metralleta y manosea a personas hasta el culo de virus mortales como si no hubiera un mañana.

Es muy llamativo el papel machista de los roles masculinos. Hombres sesudos, sufridos y entregados que tienen que pararles los pies a las intérpretes femeninas, más emocionales, superficiales e histéricas.

La peli se deja ver, es verdad que la veía con cierto cariño por mi recuerdo de ella. Tiene alguna escena interesante, además de las aéreas, por ejemplo cuando el tren pasa por estaciones vigiladas por los soldados o cuando sellan los vagones por extraños motivos de salud.

Algunas decisiones de la trama son una locura, salvan antes a un perro que a una persona y deciden no parar el tren, luego sí, luego no, luego le disparan a uno como aviso y lo dejan sangrando, el jefe de los soldados tiene una autoridad de alfeñique dejándose convencer por pasajeros VIP como Richard Harris y demás…

Algunos apuntes curiosos:
- En esta película no hay ni una sola escena del maquinista o del interior de la locomotora. El tío debe estar hecho con nervios de acero ya que no se asoma por el percal ni siquiera cuando estalla la bomba en el tren. Debe estar más que acostumbrado a que le bombardeen, le disparen, le sellen el tren, le impidan parar y lo conduzcan a una muerte segura. ¡Bah! A todo se acostumbra uno, ¡quién dijo miedo!

- Tiene cierto protagonismo especial la “sexy” de turno, Ann Turkel, una “jipilongui” de fiesta con otros melenudos setenteros. Ríe, enferma, se exhibe en braguitas y hasta canta. Nada especial hasta que me entero que por aquel entonces era la señora de Richard Harris, el protagonista. Imagino que contratar a Richard Harris tenía algunas servidumbres como esa.

- ¡Mueren niños! Entiéndase bien, no me alegro por ello, sino que valoro que una película se aleje del papanatismo de otras que nos relatan desgracias o catástrofes que parecen que tienen conciencia y no afectan a los seres más inocentes.

- La escena de los créditos finales. A Cosmatos le debió costar un ojo de la cara las grabaciones aéreas desde helicópteros por eso, ni corto ni perezoso, finaliza la película con la misma escena aérea inicial pero ¡al revés! Le recomiendo a los detallistas que se fijen como en Ginebra los coches van por las calles marcha atrás y como toman las curvas y los cruces con una agilidad endiablada

Fragmento de la película:


Ficha de la película:
Título original: The Cassandra Crossing
Año: 1976
Duración: 126 min.
País: Alemania del Oeste (RFA)
Director: George Pan Cosmatos
Guión: George Pan Cosmatos, Robert Katz, Tom Mankiewicz
Música: Jerry Goldsmith
Fotografía: Ennio Guarnieri
Reparto: Sophia Loren, Richard Harris, Ava Gardner, Burt Lancaster, Martin Sheen, Ingrid Thulin, Lee Strasberg, John Phillip Law, Ann Turkel, O.J. Simpson, Lou Castel, Alida Valli
Productora: Coproducción Alemania del Oeste-Italia-Reino Unido
Género: Acción. Thriller | Catástrofes
Sinopsis: Unos mil pasajeros que viajan en tren se contagian de un virus mortal. El responsable de la epidemia es un terrorista que, huyendo de la policía, subió a ese tren. El coronel Mackenzie, el médico Jonathan Chamberlain y su mujer intentan controlar la situación y procuran detener al terrorista. Tras el fracaso de la operación, Mackenzie intentará reconducir el tren en dirección al puente de Casandra. (Fuente: FILMAFFINITY)


1 comentario:

  1. ¡Y Nordberg haciendo de falso cura! ¡No se le olvide!

    Lo de Burt Lancaster es normal; teniendo en cuenta que los actores cobran por días, y tito Brut Kanlaster (por cierto, a pesar del nombre el dibujo de Jan era una caricatura de Kirk Douglas) debía llevarse una buena parte del presupuesto, así que lo mejor era eso, darle un papel que se pudiese rodar en ná y menos, pagarle lo justo, y despacharlo de vuelta a Jolibú.

    Detalle: el anciano judío (porque en estas pelis setenteras siempre hay un anciano judío que estuvo en Auschwitz y que recuerda el Holocausto cuando lo encierran en un tren, le facturan de más en el teléfono o porque la sopa está fría) es Lee Strasberg, el creador de la "Escuela del método", una de las más exitosas escuelas de actuación de Hollywood, y que ha dado al cine intérpretes geniales como Paul Newman, Shelley Winters, Robert de Niro, y sobreactuados insoportables como Rod Steiger, Marlon Brando o James Dean.

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