26 de septiembre de 2015

Bestial

Grandes, peludos, fieros, voladores, mutantes, astutos o veloces... el Reino Animal ha inspirado momentos memorables en el cine. Como apoyo, transporte o compañía, pero a menudo han eclipsado la propia escena por su brutal presencia y fortaleza, convirtiéndose en protagonistas absolutos y robando plano a más de una estrella talludita.




Ejemplos hay innumerables, podríamos agruparlos por los más inteligentes, los más tiernos y adorables, los más monstruosos... hoy comenzaremos por recordar, en el pasado reciente, sencillamente los que se comen el plano cuando asoman el hocico/morro/pico.

El Oso (Jean-Jeaques Annoud, 1989) : La carrera de este director francés ha dejado un puñado de buenos momentos para los amantes de la Naturaleza. Es discutible su estilo quizá demasiado edulcorado (y su debilidad por ponerle suéter a Brad Pitt), pero no se puede negar su sensibilidad para convertir el paisaje en un actor más de la historia. En esta memorable escena, este formidable plantígrado se come (en sentido figurado) a su compañero de escena.


Tiburón (Steven Spielberg, 1975): Qué podemos decir de este clásico que no se haya dicho ya. Vacía las playas antes que una plaga de medusas, y su presencia en la película, dosificada con cuentagotas, nos mantenía en vilo hasta el desenlace, en el que mostrándose en todo su esplendor, y para desgracia del pobre Robert Shaw, nos dejó en la retina una escena culpable de que generaciones enteras naden en el mar con los ojos cerrados...


King Kong (Peter Jackson, 2005): O el orgullo de ser primate. Todo es excesivo en esta cinta: el metraje, la sobreactuación de Jack Black... o la testosterona que no cabe en la pantalla cuando Kong se enfrenta con sus manos desnudas a todo tipo de crueles e hiperrealistas dinosaurios. El orgullo mamífero aflora, y nos identificamos como buenos primates con ese gran simio que golpea, a puñetazo limpio y con todas las tretas de un luchador callejero, en una secuencia de ritmo memorable, hasta no dejar a ninguno coleando. Después de semejante exhibición de poderío, Naomi Watts cae sencillamente rendida a sus pies.


Bucéfalo. Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004): En esta personal, irregular, pero a ratos brillante película de Oliver Stone, el joven Alejandro se encuentra por primera vez con su caballo Bucéfalo. El porte del equino, con su espectacular manto negro, es el dueño absoluto de esta escena entrañable. Ver cabalgar a ese maravilloso animal es una sinfonía en movimiento. Cuando murió en la lejana India frente al rey Poro a la edad de 30 años, Alejandro perdió gran parte de su ímpetu hacia Oriente. Dicen que si Bucéfalo hubiera vivido más,  Alejandro Magno habría acabado doblando el Cabo de Hornos...


El Último Lobo (Jean-Jeaques Annoud, 2015): Sí, otra del Annoud... pero es que ha pasado injustamente desapercibida. Puede que no sea hoy época de películas en las que los paisajes espectaculares sean reales y no mundos imaginarios creados por ordenador. O que las escenas en las llanuras infinitas de Asia inviten a un ritmo más pausado que las escenas rodadas cámara en mano tan de moda en el cine actual. Pero es una películas honesta, entrañable, y de una factura impecable que está a la altura de sus protagonistas: la inmensidad de Mongolia y sus legendarios lobos.


Y terminando, una muestra para abrir el apetito de la nueva versión que prepara Jon Favreau del clásico de Kipling "El Libro de la Selva". El CGI al servicio del cine para recrear las más sugerentes imágenes que el libre albedrío de los animales salvajes haría prácticamente imposible rodar de otro modo. Se respira La Vida de Pi (Ang Lee, 2012) en cada fotograma, lo que no hace sino impacientar más la espera...


Lo dicho: Higia Pecoris, Salus Populi.

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