Películas de terror Etiqueta Negra

El reciente Festival de Cine Fantástico Sitges y la próxima Semana del Terror de San Sebastián traen de actualidad un género que goza de buena salud, pero ¿recordáis como era el terror antes de la era digital en el cine? Cuando insinuar antes que mostrar no era un recurso más para un posterior sobresalto, sino una imposición de los precarios medios técnicos, que hacían imposible mostrar de manera realista a la criatura si no era a media luz y de manera fugaz.



En la actualidad, cualquier imagen puede ser reproducida desde la imaginación del director a la pantalla con toda viveza de detalles por muy caprichosa que sea. El tamaño, el diseño, o incluso el universo donde anidan los miedos no son un problema para darles vida, y además se podrán mostrar fugazmente y en penumbra si es deseo del director, pero también se podrán pasear a plena luz del día y mostrándose en todo sus esplendor con todo lujo de detalles si es preciso, sin temor a que se vean los hilos o en el peor de los casos, el hombre dentro del traje. Antes de las imágenes generadas por ordenador, esto era imposible, pero sin embargo, el cine daba miedo... La ansiedad se conseguía con una buena historia y con unas buenas interpretaciones, la criatura necesitaba algo de imaginación de nuestra parte para que nos asustara, pero menudo, esta carencia del efecto visual tan apabullante de hoy día, hacía que el terror se conectara con nuestro interior por unos caminos mucho más cercanos y menos artificiales que por los que discurre ahora el género. Vamos a hacer un viaje por el cine de terror, en un tiempo en que el horror no podía reproducirse fácilmente en la pantalla.

Nosferatu, el Vampiro (F.W. Murnau, 1922): Hace casi ya 100 años de la película, y vaya si da miedo. En esta versión de Drácula,  el nomuerto carece por completo del glamour y del atractivo romántico que le otorgará después imaginario colectivo, se trata de un ser demoníaco, descarnado, afilado en todos sus ángulos y en lugar de caninos alargados tiene dos incisivos como cuchillos y unas uñas más largas que las de Freddy Krueger. No hay una sola persona de cualquier generación que no se vea perturbada por la expresión lánguida y mortecina del protagonista que nos regala esta primitiva versión. También es una rareza igualmente inquietante la versión posterior interpretada por Klaus Kinsky.


La Parada de los Monstruos (Tod Rowning, 1932): Un circo de fenómenos es el marco para una escalofriante e imposible historia de amor. El horror en este caso lo pone la crudeza de la realidad a la que se veían abocados los individuos con algún tipo de malformación que generara un rechazo social. El desasosiego nos inunda porque no podemos evitar pensar cuántas veces se debieron dar situaciones semejantes, más cuando los protagonistas son individuos reales con minusvalías de todo tipo. Tod Rowning nos muestra de manera clara y descarnada ese mundo sórdido donde los finales felices no estaban reservados para la gente con su suerte.


La Maldición de Frankenstein (Terrence Fisher, 1957): Valga este título para todas las joyas de la Hammer. Cristopher Lee está realmente espléndido en este papel, al igual que en la Momia,  Boris Karlof. Imposible transmitir más matices con menos medios. Todas las versiones posteriores del mito de Frankenstein rodadas hasta la fecha salen perdiendo ante la comparación,


La Noche de los Muertos Vivientes (George A. Romero, 1968): Hoy tenemos zombies de todas las edades, formas, velocidades y calidades. Algunas realmente sobresalientes, tanto que dejan al original en un lugar un bastante desfasado en cuanto a efectos visuales... Pero la historia sigue llena de fuerza, y no hay secuencia de la que no hayan bebido posteriormente todos los directores que en la actualidad ruedan películas de muertos vivientes. De obligada visión, y las secuelas firmadas por Romero, también imprescindibles.


La Semilla del Diablo (Roman Polanski, 1968): El genial director polaco nos deja una obra maestra en lo que era su segunda incursión en el género. La primera, El Baile de los Vampiros (1967) es otra magnífica película de vampiros aderezada con grandes dosis de humor negro. Pero en La Semilla del Diablo no hay rastro para el humor, ni siquiera se intuye. Se trata de una lección de cómo convertir un thriller psicológico en una película de puro terror sobrenatural donde se muestra bien poco al espectador, pero la angustia fluye a borbotones a través de los ojos de la desvalida Mia Farrow, que es dueña absoluta de la función.


El Exorcista (William Friedkin, 1972)  Todo en esta cinta ha terminado por convertirse en un clásico (empezando por su banda sonora). Aún hoy es una de esas películas a las que uno le incomoda ver si está solo en casa. Nada como el demonio para invocar los miedos más atávicos, es el enemigo ante el cual nos sentimos más indefensos ya que siempre se manifestará de la manera más aterradora para nosotros. La historia no sucede en un monasterio medieval en plena caza de brujas, sino en el seno de una moderna familia acomodada que nada tiene de religiosa y elige como moradora a su hija adolescente, lo que hace que cualquiera pueda verse inquietantemente identificado con la situación.


Los Chicos del Maíz (Fritz Kiersch, 1984): Basada en un relato corto de Stephen King, ahonda en el recurrente lugar de la América profunda tan alejado de la mano de Dios (La Matanza de Texas, Las Colinas Tienen Ojos...) que una comunidad aparentemente pacífica degenera de manera endogámica hasta convertirse en una secta diabólica aficionada a los sacrificios humanos. Llena de fuerza aún hoy.


¿Quién Puede Matar a un Niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976): Para encontrar historias inquetantes, en las que la ausencia de efectos visuales es suplida con creces por una historia brillante y una dirección llena de recursos, no tenemos que buscar fuera de nuestras fronteras. Esta joya del maestro Narciso Ibáñez Serrador nos habla de la llegada de unos turistas a un isla en la que los niños han comenzado a cometer toda clase de actos horribles... Una obra maestra de nuestro cine, si es que aún la tenéis por descubrir.


    Publicado por Jon Leceta.