2 de abril de 2016

El proyecto por el que suspira Antonio Banderas.

Ha conseguido llegar más lejos y antes que nadie, a lugares que estaban vedados para los actores españoles. Pasó de ser un galán de moda a tener una carrera con una consistencia que en Hollywood está reservada a unos pocos elegidos. Alternando trabajos comerciales con otros más personales e independientes, rodeándose siempre de compañeros de primera línea, o poniéndose ocasionalmente detrás de la cámara.

Antonio Banderas, que estrena estos días Altamira (Hugh Hudson), está en un momento de su carrera en el que puede decidir los proyectos en los que se embarca. Ya no tiene que demostrar nada a nadie, no es presa de las urgencias o las dudas de una estrella en ciernes que busca desesperadamente afianzar una carrera mientras da sus primeros pasos.

Pero existe un proyecto que se le resiste y se le ha resistido durante años. Una historia en la que la implicación del actor tiene matices que van ya hasta lo personal, una empresa en la que se ha dejado toneladas de energía sin que la fría industria del cine le haya devuelto el esfuerzo. Posiblemente la película más grande en la que se haya involucrado el actor malagueño, y hoy más que nunca, podría decirse que es una película incluso necesaria. Se trata de la historia nuestra e irresistible de Boabdil el Chico.




Por exigencias del mercado, Banderas ha tenido que ponerse en la piel de un latin lover en varias ocasiones, y ha tenido sus mayores éxitos encarnando los valores hidalgos como justiciero en La Máscara del Zorro (1998) y la Leyenda del Zorro (2005). Pero siempre que se le ha presentado la oportunidad, se ha sentido más cómodo que nadie encarnando a personajes al Sur del Mediterráneo. No se trata solo de meros rasgos físicos que encajan a la perfección con la tipología árabe, es una actitud y presencia adquirida por aquel que ha vivido de cerca y como propia las muestras del genio de la dinastía de los nazaríes. Desde El Guerrero Número 13 (John Mctiernan, 1999) hasta la más reciente Oro Negro (Jean-Jeaques Annoud, 2011) ha dado la réplica con un turbante al mismísimo Omar Sharif. Por eso quiso ser el motor absoluto del proyecto sobre la vida de Boabdil, el último gobernante nazarí del Reino de Granada.


La historia es un caramelo para cualquier amante del cine o de la Historia en general. Si perteneciese al patrimonio norteamericano, se habrían hecho ya decenas de superproducciones ambientadas en la rendición de La Alhambra a los Reyes Católicos. Puedes permitirte el lujo de contar una historia bélica, una de intrigas políticas o hasta del género romántico.

Banderas nunca ha tenido problema en abordar de frente una cuestión incómoda que deriva en una injusticia histórica: mostramos orgullosos nuestro pasado cuando éste se relaciona con la Grecia Clásica o con la antigua Roma (con razón, por supuesto), pero no hacemos lo mismo ni lo hacemos con el mismo enfoque cuando se trata de revisar el pasado musulmán de la Península Ibérica. Nada menos que ocho siglos con muchas más luces que sombras, porque sobre todo eso, sombras eran lo que se extendían en el resto de la Europa Continental.

Las ciudades europeas trataban de sobrevivir a los estragos de la peste negra que diezmaba las ciudades, mientras en la Península, un caballo árabe tenía una esperanza de vida mucho mayor que la de un hombre o una mujer al norte de los Pirineos, y las técnicas de un veterinario de la época (albéitar) estaban a años luz de las de las mejor médico medieval, cuyas mejores armas eran las sanguijuelas y la oración. Hacer una multiplicación de dos dígitos era una tarea descomunal, reservada a las mentes más instruidas en la numeración romana (intentadlo, si queréis), mientras en Córdoba o Granada, los mejores matemáticos del mundo impartían clases y realizaban complicadas operaciones que hacían posibles construcciones más fascinantes y bóvedas de ensueño. La basura y las inmundicias corrían calle abajo en las incipientes urbes europeas, y en un paraje inusualmente elevado de Granada, la ingeniería hidráulica nazarí hizo posible florecer unos jardines dignos de los que se describen en las Sagradas Escrituras que son comunes a ambos.



Por eso, el actor no desaprovechó ninguna oportunidad cada vez que se dejaba caer por España o aprovechando el rodaje de Oro Negro, para remover clase política o incluso las más poderosas familias de ascendencia islámica ya sea para buscar localizaciones o conseguir financiación para devolver en el cine el esplendor de La Alhambra de Granada sin escatimar en gastos. No quería medias tintas ni producciones mediocres, debía estar a la altura de por ejemplo, El Reino de los Cielos (Ridley Scott, 2005), o no ser nada.

Después llegó la crisis económica, y sin haber superado la primera llegó otra más profunda e incierta que convierte en utopía cualquier visión optimista de entendimiento. ¿Pero no vive entonces el cine de las mayores utopías?¿Dónde tendrían cabida si no es tras la óptica de un visionario? Ya en la mencionada El Reino de los Cielos, Ridley Scott se atrevió a ambientar una historia en la época de Las Cruzadas, y presentar entre los cruzados más vileza que entre las filas del ejército de Saladino. La sensibilidad del actor malagueño hacia la cultura árabe, aportaría un punto de vista aún más interesante que el de un director norteamericano o británico, sería fascinante el drama de Boabdil el Chico en su rostro, en su voz, o bajo su punto de vista. Tiene toda la vida por delante y todo el tesón del mundo. Quién sabe, quizá no debe llorar como un actor lo que puede defender como director...

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