25 de junio de 2016

¿Te gustan los barcos? Que los vientos te sean propicios.

Los barcos siempre nos han ejercido fascinación . Se han convertido en un reflejo de los deseos de ir más allá de los explorado, de agrandar los límites del mundo conocido, o un símbolo de libertad que permite alcanzar objetivos con total independencia.

A mayor o menor escala, una vez que se abandona el puerto cada barco es un pequeño Estado que debe gestionar sus pequeñas crisis de manera autónoma. Este matiz ha hecho que el cine se haya fijado muchas veces en la relación de los humanos con el mar, y lo ha hecho con tanta fortuna, que la calidad media de las películas ambientadas en un navío es mejor que la de cualquier otro género.


Pero vamos a huir de las más evidentes (Titanic (James Cameron, 1997), o de las que el navío es un mero decorado para representar una catástrofe y el aroma marinero es nulo, como Poseidon (Wolfang Petersen, 2006).  Existen unas paradas ineludibles en el género, pero vamos a proponeros aquéllas en las que la fuerza del viento es el verdadero motor de la historia y han intentado traernos a la pantalla el olor a salitre y la despiadada soledad del océano.




Cuando Todo Está Perdido (J.C. Chandor, 2013) Robert Redford nos deja dos cosas claras en esta película de navegación pura en el Océano Índico: que se encuentra en un estado de forma envidiable a su edad, y que es capaz de llevar a buen puerto un velero y una película él solito. El director de casting de esta cinta posiblemente sea la persona que menos trabajo tuvo en toda la historia del cine.





En Solitario (Christophe Offenstein, 2013) Cuenta la historia, aparentemente basada en hechos reales, de un navegante que ve cumplido sus sueño de participar en la Vendée Globe. Se trata de esa demencial travesía (y esta sí que es real) que consiste en dar la vuelta al mundo en solitario, Cabo de Hornos y Cabo de Buena Esperanza incluídos. Para ser honestos, no he podido contrastar la veracidad de la historia que narra, por más que he indagado. Pero sus logros técnicos, al ser rodada casi íntegramente con todo el equipo dentro de la cubierta de un pequeño velero, y la fidelidad de sus maniobras, la hacen muy recomendable a cualquier aficionado a las escotas y amuras.




La Fuerza del Viento (Carroll Ballard, 1992) Película con vocación de gran estreno, que en su momento no consiguió cumplir las expectativas generadas. Como productor se embarcó, nunca mejor dicho, Francis For Coppola, con la habitual mala suerte que le acompañaba siempre que invertía sus ahorros en algún proyecto. Aún así, cuenta con un reparto interesante, grandes medios, y una buena historia acerca de un hombre que se propone ni más ni menos que ganar la Copa América de vela.



Master and Commander: Al Otro Lado del Mundo (Peter Weir, 2003) En pocos años, esta cinta del australiano Peter Weir se ha convertido en un clásico del género. Si bien no cumplió completamente las expectativas comerciales (estaban previstas secuelas), su esmerado trabajo de recreación, el mimo con el que son tratadas las secuencias de acción y la psicología marinera, hacen que nos sumerjamos por completo en la época en la que franceses y británicos se disputaban la supremacía naval. A ello hay que sumarle la extraordinaria química que muestra la pareja protagonista formada por Paul Bettany y Russel Crowe, que ya soportaría el peso de la película por si misma.




Rebelión a Bordo (Lewis Milestone, 1962) Vamos a los clásicos ineludibles, que por ser tan obvios no podemos pasarlos por alto, ya que siempre habrá algún nuevo cinéfilo que tenga la suerte de descubrir las mayores joyas del cine. En este caso el relato de la Bounty, el motín más famoso de la historia, dio lugar a uno de los títulos más reconocidos del género y del cine en general. Marlon Brando, uno de los más grandes, consigue aquí una de las interpretaciones cumbre del séptimo arte.




El Acorazado Potemkin (S.M. Eisenstein, 1925) Una de las primeras obras maestras del cine. Data ni más ni menos que de 1925, pertenece a otra época, a un mundo que ya no existe, en el que una naciente Unión Soviética necesitaba reafirmar su propia identidad en el período entre las dos guerras más sangrientas vividas por la Humanidad. En ella todo es artesanal y el factor humano es el único recurso, pero eso no  quiere decir que se trate de una película de dimensiones contenidas. Cuenta con escenas de una fuerza intacta casi 100 años después, y la secuencia de la escalinata de Odessa, es una de las más homenajeadas de la historia del cine.


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