28 de enero de 2017

Underworld: guerras de sangre. No es gore, pero se le parece mucho.

Nació al amparo de otras producciones que intentaban revitalizar el subgénero de los vampiros hace ya más de diez años. Como reclamo peculiar mostraba el enfrentamiento entre dos de las criaturas más legendarias de la noche, los vampiros y los hombres lobo (o licántropos, que parece más sofisticado). Nos recordaba a los geniales cókteles de la Hammer, en los que se enfrentaba a la momia, el monstruo de Frankenstein, y toda aquella criatura que pudiera reproducirse con un buen disfraz.

 Se aderezó el conjunto con unas buenas dosis de estética post-matrix, esto es, banda sonoras con guitarras potentes, planos a cámara lenta alargados hasta el infinito, y muchas, muchas, escenas de lucha. Como prota, una fémina (de las pocas, es triste, pero sigue siendo así). El rol cantante lo llevaba ella, enfundada en látex negro y empuñando dos enormes armas de fuego.

Como producción a la moda, funcionó. Pero nadie contaba que aquello fuera a convertirse en una franquicia que durase hasta nuestros días.




Supongo que la primera sorprendida es la propia Kate Beckinsale. Y quizá la serie realmente no diera para tanto, navegando entre lo aceptable y lo abiertamente mediocre. Pero no es es caso de esta última entrega. Vaya por delante que no pretende ser un clásico del género ni apunta al Nosferatu de Murnau. Se trata de un producto de consumo rápido, de una sola lectura, pero con ingrediente sorprendente por lo honesto y directo.

Cuando ya nada nuevo puede puede aportarse a los estereotipo de los vampiros, porque ya damos por supuesto su lujo y su excluyente discurso acerca de la pureza de sangre. Si tampoco se puede sorprender por unos efectos especiales, puesto que ya les exigimos de serie un nivel más que notable, y el traje de látex de Selene es tan ajustado que si hay otra entrega tendrá que decidir si ponérselo, o seguir respirando... La directora Anna Foerster nos sorprende con un aditivo que no nos esperábamos, no en esas dosis. La violencia.

Las escenas son tan explícitas, y a momentos tan delirantes, que parece que la realizadora se ha propuesto cruzar la frontera que separa el terror comercial para adolescentes, con el gore al más puro estilo Braindead de Peter Jackson. No estoy exagerando, por un lado los intentos de dotar a la franquicia de una mitología propia, de una línea de continuidad entre las varias entregas, cae en el aburrimiento y la confusión. No es la Tierra Media ni Star Wars, ni debería intentarlo. Pero son antológicas las soluciones tan variadas e imaginativas que encuentran estas criaturas para despacharse mutuamente.

Niños ni pensarlo, palomitas las justas. Avisados están.



Ficha de la película:

Título original: Underworld: Blood Wars
Año: 2016
Duración: 91 min.
País: Estados Unidos
Director: Anna Foerster
Guión: Cory Goodman (Historia: Kyle Ward, Cory Goodman; Personajes: Kevin Grevioux, Len Wiseman, Danny McBride)
Música: Michael Wandmacher
Fotografía: Karl Walter Lindenlaub
Reparto: Kate Beckinsale, Theo James, Charles Dance, Bradley James, Lara Pulver, Tobias Menzies, Alicia Vela-Bailey, James Faulkner, Oliver Stark, Peter Andersson, Daisy Head, Brian Caspe, Dan Bradford, David Bowles, Clementine Nicholson
Productora: Lakeshore Entertainment / Screen Gems / Sketch Films
Género: Acción. Fantástico. Terror | Vampiros. Hombres lobo. Secuela
Grupos: Underworld Novedad
Sinopsis
Nueva entrega de la franquicia Underworld, en la que la vampira Selene (Kate Beckinsale) deberá defenderse de ataques brutales de los dos clanes, el de los Lycans y el de los Vampiros que la traicionaron. Con sus únicos aliados, David (Theo James) y Thomas su padre (Charles Dance), ella debe detener la guerra eterna entre Vampiros y Lycans, aunque signifique tener que hacer un último sacrificio. (FILMAFFINITY)

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