25 de agosto de 2018

Volviendo a recorrer “Carretera perdida”, la obra maestra de David Lynch.

La culminación de un estilo, la representación visual y simbólica del círculo de Moebius, la historia sin principio ni fin de un tormento imposible de digerir, la muerte de la inocencia, la venganza consumada (habitación número 56), el delirio y la pasión, cuando esta es solo un recuerdo amargo de lo que fue, ya no es y nunca volverá a ser.

Quién de nosotros podría soportar el haber asesinado a quien más habíamos querido, quién no intentaría evadirse (real o simbólicamente) a un Yo más joven, prometedor, idealizado, capaz de enamorar a cualquier mujer con solo mirarla...

Pero a veces los sueños también se rebelan, porque la realidad, sus apestosos recuerdos, se filtran a través de las grietas de nuestra nunca del todo sometida voluntad, y todo aquello tan hermoso que habíamos edificado se desmorona, nos atrapa en sus ruinas, confundiendo objeto y representación, sujeto y representado. Cargados de culpa y resignación, prendemos fuego a nuestros más hondos pesares, escapamos, nos adentramos en la noche donde sucedió todo y cuando sentimos que nos va a estallar la cabeza, que finalmente vamos a desaparecer, escuchamos un timbre, y por el interfono alguien susurra: “Dick Laurent está muerto”; y aunque no comprendemos, todo vuelve a empezar una otra vez.




Una posible explicación. (Spoilers)

Permítanme ponerme un poco menos lírico para intentar desentrañar el significado de esta fascinante aunque correosa película que a muchos se les atraganta por parecerles un galimatías sin sentido. Y es que hay quien incluso se ofende cuando encuentra una historia contada de manera no lineal donde no todas las piezas argumentales encajan perfectamente en su sitio, pero deben comprender que desde el principio de los tiempos ha habido artistas consagrados a intentar copiar o emular la realidad, mientras otros, los más incomprendidos, han pretendido alterarla, distorsionarla o simplemente mostrarla desde diferentes ángulos de perspectiva.

 Los pintores impresionistas, cubistas o abstractos no fueron bien recibidos en sus comienzos y todavía sigue habiendo quien los considera meros embaucadores (aunque unos cuantos sí que los hay), Phillip K. Dick, el escritor que mejor jugó con los conceptos de realidad e irrealidad solo alcanzó cierto reconocimiento al final de sus días, y fue solo después de muerto cuando se convirtió en autor de culto. Hay en la historia de la literatura obras maestras que juegan con este concepto como Kafka en “La metamorfosis”, ETA Hoffman en “Los elixires del diablo” o “El manuscrito encontrado en Zaragoza” del polaco Jan Potocki. Tengan en cuenta los más recalcitrantes que al fin y al cabo el universo en el que vivimos no es tan lógico y determinista como se creía en el siglo XIX (y como siguen intentando vendernos en el XXI); si alguien hace un largo viaje a velocidades cercanas a la luz volverá a la Tierra más joven que su supuesto hermano gemelo, los fotones se comportan como onda o partículas según estemos observando o no, y ya hay físicos de renombre que dan como posibles la existencia de universos paralelos y los viajes en el tiempo. Afortunadamente (al menos desde mi punto de vista) la realidad es más compleja e impredecible de lo que nunca hubiéramos imaginado, y artistas como David Lynch se limitan a jugar con las infinitas posibilidades que les da su imaginación y el extraño mundo que habitamos.

Ciñéndonos a la película, es obvio que tanto el director como su coguionista, el escritor Barry Gifford, han bebido de estas referencias añadiéndoles su gusto por el surrealismo, lo onírico y la simbología, creando un guión que sigue la estructura de la cinta de Moebius (una superficie bidimensional que sin embargo solo tiene una cara y se retroalimenta a sí mismo) y que por tanto se vale de dos historias en apariencia diferentes (aunque con múltiples puntos en común), para contar una sola historia, la de Fred Madison (Bill Pullman), encerrado en la cárcel por el asesinato de su mujer, Renee (Patricia Arquette) y el amante de esta, Dick Laurent. Angustiado por la culpa y la cercanía de la condena a muerte sufre un delirio paranoico que le lleva a revivir de manera cíclica los acontecimientos que le han llevado a esta situación: en la primera parte del film de una manera más apegada a la realidad, aunque distorsionada por el recuerdo y la propia alucinación; en la segunda de una manera más fantasiosa, transmutándose en un adolescente, lo que le permite evadirse mentalmente de la cárcel y revivir desde un punto de vista idílico la relación con su exmujer.

Pero como muy bien saben todos aquellos que hayan tenido pesadillas, el subconsciente tiene muy mala hostia y la historia de alter ego de Fred, Pete Dayton, se irá oscureciendo y contaminando por los hechos perversos que ha cometido en la realidad, hasta llegar a un punto en que ambas fantasías se fusionan y se ve obligado a revivirlas cíclicamente: en los instantes finales de “Carretera Perdida” la mujer del protagonista desaparece diciéndole “nunca me tendrás” (pues ya está muerta), Fred vuelve a revivir el asesinato de su amante (debido a su odio y frustración), y regresa a casa para darse a sí mismo de nuevo el tétrico mensaje: “Dick Laurent ha muerto”, que marca el fin y eterno comienzo de un delirio en el que se verá recluido hasta que aparezcan los títulos de crédito y todo por fin termine.

Esta es mi interpretación, después de haberla visto tres veces, devorado varias entrevistas con David Lynch y leído unas cuentas explicaciones sesudas en Internet. Es la que más sentido tiene para mi y aquella en la que mejor encajan las piezas, pero por supuesto cada uno puede tener la suya porque otra de las genialidades del guión es que tiene ciertos cabos sueltos y sugerencias que permiten que cada uno vea la historia de manera particular. Hay quien opina que el segundo personaje, Pete Daton, es el real, y Dave la alucinación, o quien considera que realmente sí sucede la transformación de un personaje en otro (es decir, añadiéndole a lo onírico y psicológico, una explicación sobrenatural).
Lo verdaderamente importante es que Lynch y Gifford nos muestran una representación de gran fuerza, originalidad y profundidad del sentimiento de culpa, del dolor, los celos y el arrepentimiento; mostrándonos de una manera única y a la vez genial como un terrible error en nuestras vida puede hacernos perder la cordura. Esa es la genialidad de “Carretera Perdida”, alumbrar las zonas más oscuras de nosotros mismos de la única manera en que es posible, a través de nuestro subconsciente, nuestros miedos y nuestros sueños. Para fabricar con ello una aproximación a lo que quizá, y solo quizá, sea la más amarga realidad.

Antonio Amaro      www.elmisantropofeliz.es


Ficha de la película:

Título original: Lost Highway
Año: 1997
Duración: 134 min.
País: Estados Unidos
Dirección: David Lynch
Guion: David Lynch, Barry Gifford
Música Angelo Badalamenti
Fotografía: Peter Deming
Reparto: Bill Pullman,  Balthazar Getty,  Patricia Arquette,  Robert Loggia,  Robert Blake, Gary Busey,  John Roselius,  Michael Massee,  Richard Pryor,  Louis Eppolito, Jack Nance,  Lucy Butler,  Henry Rollins
Productora:: Coproducción USA-Francia; Asymmetrical Productions / Ciby 2000; Distribuida por October Films
Género: Intriga. Cine negro | Drama psicológico. Thriller psicológico. Neo-noir. Surrealismo. Película de culto. Cine independiente USA
Sinopsis:
Fred Madison (Bill Pullman), un músico de jazz que vive con su esposa Renee (Patricia Arquette), recibe unas misteriosas cintas de vídeo en las que aparece una grabación de él con su mujer dentro de su propia casa. Poco después, durante una fiesta, un misterioso hombre (Robert Blake) le dice que está precisamente en su casa en ese instante. Las sospechas de que algo raro está pasando se tornan terroríficas cuando ve la siguiente cinta de video... (FILMAFFINITY)

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